sábado, mayo 28, 2011

César Aira. El bautismo

Novela de 1991, de las muchas escritas por Aira ubicadas en la pampa bonaerense, cerca de Pringles, en esta ocasión en un villorrio llamado El pensamiento, cuyos habitantes son pensameños. Un viento fenomenal arranca a un animal subterráneo (¿un pichiciego?) de la superficie. Mientras el animal vuela podría reflexionar sobre la aviación si el terror lo dejase, pero el pavor no lo abandona. Pero lo abandona el relator, para siempre y el animalito no vuelve a aparecer. ¿Que lo descifre el que pueda? No lo sé.
En medio de la tormenta el párroco es llamado a oficiar un bautismo pues el vasco Mariezcurrena ha tenido un hijo prematuro y teme por su supervivencia. En medio del feroz vendaval, en sulky (el caballo que lo tira se llama Sulky), logran llegar a la casa del vasco. Pero la criatura recién nacida es tan fea que resulta poco humana. El cura ni siquiera puede distinguir su género, y prefiere postergar el bautismo. Por qué motivo preguntan los vascos, "La indefinición" contesta el cura.

"¿Y si se muere antes?", dijo la mujer, que entre tanto había dejado de llorar. "Confío en que no será así", dijo el cura, que confiaba precisamente en lo contrario.

Después de ochenta páginas -no se sabe cómo terminó esa noche de viento- comienza la segunda parte:
Veinte años después, una noche de invierno, se había descargado sobre la tierra una lluvia realmente descomunal.

Abreviando, el diluvio inunda la llanura, y salvados milagrosamente se encuentran dos supervivientes, un sacerdote que iba de la capital al sur y un joven gaucho de magnífico aspecto. Resulta que conversando en medio de la tormenta en un refugio a punto de desaparecer -el agua lo cubre todo- sale a la luz que se trata del cura que fue párroco de El pensamiento (hace veinte años que vive en la capital estudiando crítica de cine) y el hijo menor de Mariezcurrena.
El lector sospecha que la trama está por descubrirse, que sabrá si hubo o no baustismo, o si se concretará entre tanta agua y entonces Dios dejará de hacer llover. El lector se pone un poco ansioso por saber cómo termina la historia, porque faltan muy pocas páginas, cada vez menos, y entonces... termina la novela. ¿Qué decir?

Algo más: los personajes son auténticos paisanos, pero se mandan tremendos diálogos, metafísicos, teológicos; y filosofan como sofistas de primer orden.

Calificación: bueno.

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