sábado, diciembre 18, 2010

César Aira. La costurera y el viento

César Aira está en París y soñó un libro maravillloso pero solo recuerda el título. Se lanza entonces a escribir. Delia Siffoni, costurera de Pringles, se remontará en los brazos del incansable viento patagónico, don Ventarrón, en medio de una aventura desquiciada, sorprendente o lisérgica.
Con mucha imaginación y humor Aira demuestra su talento para la narración. Los episodios se suceden y derivan, pero los personajes son al menos los mismos; en cuanto a la trama, inicialmente es: un niño se pierde y sus padres salen a buscarlo, la costurera en taxi, el padre en camión. Los vecinos quedan en Pringles comentando. La profesora Silvia Balero -cuyo vestido está cosiendo Delia- los persigue en un pequeñísimo auto azul.
Es un libro divertido, de humor absurdo.

A las cuatro, creo, empezaba el coro de los pájaros. Pero había uno, un pájaro, que era el que me despertaba en esos amaneceres de verano, un pájaro con el canto más bello y extraño que pueda soñarse. Nunca volví a oír algo así. Era un gorjeo atonal, locamente moderno, una melodía de notas al azar, agudas, límpidas, cristalinas. Las hacía tan especiales lo inesperadas que eran, como si existiera una escala, y el pájaro escogiera cuatro o cinco notas de ella en un orden que burlaba por sistema cualquier expectativa. Pero el orden no podía ser inesperado siempre, no hay un método así; el azar mismo debía contribuir a que se cumpliera alguna expectativa, la ley de las probabilidades lo exige. Y sin embargo, no.
En realidad no era un pájaro. Era el camión del señor Siffoni, cuando le daba manija.

La prosa no se aleja de lo acostumbrado en estos libros de Aira. Cuenta y justifica lo que va contando, ya sea el mecanismo del chisme en la sociedad pringlense, o los horarios del amanecer y el crepúsculo al sur del río Colorado. Además escribe en París, donde los mozos del café, como acá, ignoran su necesidad de pagar la consumición.
Calificación: muy bueno.

1 comentario:

  1. A mí me mató esa parte donde lo seguía un autito y el personaje lo iba viendo en el espejo retrovisor hasta que dio cuenta de que en realidad el autito era el ala de una mariposa pegada al espejo, y luego "se maravillaba de haber sido presa de una ilusión tan barroca, sólo a él podía pasarle".

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