sábado, mayo 29, 2010

James Salter. Años luz

Nedra y Viri se han casado muy jóvenes y tienen dos hijas pequeñas. Desde ese momento y durante veinte años la mirada de Salter está sobre ellos. El tiempo es una rosa que se desarma en el viento y Salter está ahí, recogiendo momentos como pétalos.
Sus vidas son sencillas. Los chicos crecen, pasan las vacaciones en el mar o en el río, pasan inviernos y veranos, tienen amigos, tienen amantes, trabajan.
Cambia, todo cambia; todos lo sabemos (exceptúo a los menores de treinta del grupo todos). Pero basta ya de lugares comunes, diré algo que no saben todos:
Esta novela es magnífica.

Salter escribe en prosa lírica, y delicada. Nunca es frontal, y sus apuntes llegan al corazón.

Copio una parte para que quede claro.


Estaba silenciosa, era una paria, invisible menos desde el mar. Su cuerpo era de un color tostado oscuro. Sus pechos ocultos eran pálidos, había una delgada franja blanca alrededor de sus caderas, una franja no más ancha que una corbata. Sus ojos eran claros, su boca descolorida; estaba en paz. Había perdido su deseo de ser la mujer más hermosa de las fiestas, conocer a celebridades, escandalizar. El sol le calentaba las piernas, los hombros, el cabello. No tenía miedo de la soledad; no temía envejecer.
Permaneció horas donde estaba. El sol alcanzó su cenit, los gritos de las niñas se apagaban, el mar se volvió estaño. La playa nunca estaba vacía. Era espaciosa, infinita, había siempre figuras en ella, lejanas, como campamentos de nómadas. Vio riqueza en su mano; vio un prodigioso tercio final de su vida. Tres claros anillos, de treinta años cada uno, le ceñían la muñeca; viviría hasta los noventa. Había perdido el interés por el matrimonio. No había nada más que decir. Era una cárcel.


La novela se pone cada vez más triste. Viri y Nedra dejan de vivir juntos.

Moscas muertas en los alféizares de ventanas soleadas, hierbajos a lo largo del sendero, la cocina vacía. La casa estaba melancólica, engañosa; era como una catedral donde, en medio de la serenidad, hay algo falso, los santos están hechos con cera de florista, el órgano ha sido desventrado.


Viri bebió el té. Oyó las viejas uñas de su perro raspando el suelo. Hadji estaba sentado a sus pies, mirando hacia arriba, hambriento como todos los viejos. Era su perro, el que había corrido por la nieve infatigable, con sus patas fuertes, jóvenes, y las orejas plegadas, sus miradas agudas, su olor puro. Su vida había transcurrido en un soplo.


Además a los cuarenta y pico el autor pone a todos a envejecer seriamente.

─Cumplo cuarenta y cuatro ─dijo él─. Me temo que estoy empezando a aparentarlos.
─La parte fácil ya se ha acabado.
─¿Fue fácil?
─Estamos entrando en el río subterráneo ─dijo ella─. ¿Entiendes a qué me refiero?
─Sí. Lo sé.
─Lo tenemos adelante. Lo único que puedo decirte es que ni siquiera el valor sirve de ayuda.


─Sí, pero tú y Viri... dos personas que se separan es como un leño que se parte. Las mitades nunca son iguales. Una de ellas contiene el núcleo.
─Viri tiene su trabajo.
─Pero eras tú la que desempeñaba la parte sagrada. Tú puedes vivir y ser feliz; él no.


Las cosas que ella creyó imperecederas ─imágenes, olores, el modo en que él se ponía la ropa, los actos profanos que la habían pasmado─ se oscurecían ahora, se tornaban falsas.


La libertad de que hablaba era la conquista de una misma. No era un estado natural. Estaba destinada solamente a quienes lo arriesgaran todo por conseguirla, a quienes eran conscientes de que sin ella la vida consistía únicamente en apetitos hasta que te quedabas sin dientes.


Finalmente, llega la parca inevitable.

Entre quienes asistieron al entierro, Franca acudió sola. No estaba casada. Su cara y sus manos parecían desnudas, como depuradas. Era un ser sobrenatural, pálido y su rostro era el vivo retrato de la difunta pero más hermoso, más de lo que su madre lo había sido nunca. El presente es poderoso. Los recuerdos se marchitan.


Calificación: muy bueno.
Después de este libro y el anterior de los viejitos de Lessing, sería bueno encontrar algo más alegre.

Leí a Salter por este post sobre los cuentos y los lectores, cuya tesis comparto con fervor, y que recomiendo leer.
Entonces, ¿quién dice que el cuento es un género menor, quién lo discrimina, quién lo ataca, quién lo devalúa, quién lo ningunea, quién lo desecha, lo descarta, lo desoye, lo destruye, lo rehúye, lo desprecia?

¿Quién es el enemigo?

Respuesta: El lector.

http://lector-malherido.blogspot.com/2010/05/la-ultima-noche-de-james-salter.html


Aquí una crítica extensa y profesional:

Hermosa novela de autor norteamericanoSoplo de eternidad

AÑOS LUZ

lanacion.com | Suplemento Cultura | Miércoles 10 de enero de 2001

No hay comentarios.:

Publicar un comentario