miércoles, enero 13, 2010

Gabriel Báñez. Góndolas


Comienza con "Le dije:" en una sesión de psicoanálisis donde el relator es el paciente -para el cual está claro que el sexo no es lo más importante de la vida, es lo único importante.

Le expliqué infundadamente, que tenía recuerdos fragmentarios, tramos, góndolas. "¿Góndolas?" "Sí -dije- góndolas; como si fueran restos de un naufragio. Son oblongas, incesantes como la memoria".


Me habían internado en una clínica de Los Hornos, un barrio obrero de La Plata, para aplicarme shock insulínico. El tratamiento sería por etapas, progresivo, según había aclarado el doctor Borg.


Gabriel Báñez escribió esta novela en 1981, ¿tiene algún sentido leerla pensando que se suicidó en el 2009? Diría que no.

Resultaba encomiable que un psiquiatra se tomara tantas molestias por las puestas de sol. Borg sin embargo me desmoralizó pronto: explicó que una gran proporción de suicidios se ha verificado dentro de esos términos.


En la clínica la primera reclusión fue de casi tres meses.
[...]
Recuerdo todavía los efectos de la insulina que se me mezclan con el aroma de las mermeladas de ciruela y durazno. Guardo una cierta repulsión aún hoy para el té con leche, ya que luego del sopor insulínico lo primero que percibíamos era el aroma del té.


Marcelo me contó algunas cosas, por ejemplo que había fumado demasiado y que se había inyectado también. [...]Luego Regina, u otra enfermera, no recuerdo, comentó que Marcelo era esquizofrénico. [...]
Marcelo murió a los dos meses de abandonar la clínica, no tendría justificación que relatara un suicidio que leí por los diarios.


Mi intento de suicidio en la clínica fue bastante burdo. Si se me pregunta hoy cuáles fueron los motivos, no sabría que responder. Probablemente alguna causa importante haya tenido en ese momento, pero si así fue ya la he olvidado. De todos modos relataré los detalles con minuciosidad. No sé por qué pero los frustados suicidas me recuerdan a ciertos escritores que dicen quemar todo lo que escriben: son todos éditos.


Puede parecer desmesurado, pero los días previos a mi egreso de la clínica experimenté una sensación de renunciamiento con todo lo de afuera. Podría ser ella, la insulina, podría ser su sensual presencia que todavía me dominaba. No lo sé, aunque hablo de hermandad y no de dependencia.


A punto de penetrarla, me contuvo. Pidió que la excitara, pero verbalmente. Atónito, no supe que decirle. "Mentíme -exclamó- decíme que me vas a pagar".
Inexperto, debí duplicar la cifra.


La novela está hecha con fragmentos, a saber: la vida de los compañeros de la clínica, y episodios de la vida del relator, con cierto énfasis en su vida erótica y en ese rubro con detalle las circunstancias de los muchos orgasmos femeninos que le tocó contemplar, recuerdos con su padrastro José, también de los oficios que desempeñó (remisero, ordenanza, periodista, y más), su paso por la facultad de letras, hasta el servicio militar. No están narradas como anécdotas en el sentido más familiar del término, sino como extractos de la novela de una vida; carecen de cualquier moraleja o reflexión general. Estos fragmentos están presentados sin un orden visible; de a poco algunas referencias cruzadas permiten ver un cuadro más amplio, pero nunca tanto, es decir, no parece haber un cuadro más amplio.

La prosa, una vez leídos otros libros suyos, resulta la de un escritor original que está buscando una voz propia. Deja adivinar que el autor está puliéndose, y que tiene un futuro promisorio.
Calificación: regular.

1 comentario: