jueves, diciembre 31, 2009

Lo mejor del año 2009

Excelente,
Doris Lessig. La buena terrorista. link
Ted Chiang. La historia de tu vida. link
Philiph Roth. El mal de Portnoy. link



También me gustaron estas novelas, y noto que son muy distintas:

La quinta cabeza de Cerbero, link
El curioso incidente del perro a medianoche, link
Presagio de carnaval, link
Yo que serví al rey de Inglaterra, link
Varamo, link
Amor, etcétera, link
En otro orden de cosas, link

miércoles, diciembre 23, 2009

César Aira. La abeja

Ahora que he leído unos cuantos libros de Aira me animo a poner este en el centro del conjunto que forma su obra, entre Embalse y Un sueño realizado.
Curiosamente los capítulos finales son mejores que los primeros.
Creo que me gustó porque estoy amigado con las invenciones del mago de Pringles, amigado con su universo, con el disparate en pantuflas.

domingo, diciembre 20, 2009

Boris Vian. Las hormigas


Según me entero por la solapa Boris Vian fue un personaje del ambiente cultural, en la posguerra; y asiduo a la patafísica también.

Estos cuentos son de lo más originales, no solo en la trama surrealista y en la prosa juguetona, sino que transmiten libertad. No parece que haya querido cultivar la irreverencia, sino que cuando le vino bien fue irreverente, en otros momentos sentimental, en otros fantástico, y de repente cómico, pero también cruel y despiadado.
Hay algo más que humor negro en algunos cuentos...de a ratos sin humor escribe con tinta muy oscura... Por ejemplo, hay una despedida de soltero, y sin que venga mucho al caso, hace morir a la novia en un accidente de auto.
Creo haber encontrado la fuente de la emoción rara que producen estos cuentos: el autor y la Señora Muerte se tratan de vos, con gran confianza. Será la muerte una tragedia, pero para los enterradores una empleadora confiable. Algo de la indiferencia del enterrador tiene Boris Vian.

Entonces tomó un cuchillo grande y se cortó la cabeza. La puso en el agua con un poco de carbonato de sodio para limpiarla y no falsear la pesada. Y luego murió antes de haber terminado, porque esto ocurría en 1945, y la medicina aún no estaba perfeccionada como ahora. Subió al cielo en una gran nube redonda. No había ninguna razón para que fuera a otra parte.


El plomero se quedó en mi casa cuarenta y nueve horas seguidas.
[...]
Cuando entré en el baño, él daba el último toque a una soldadura en forma de iris que iba a adornar una parte desnuda de la pared.
-Así puede aguantar -me dijo-. Rehice todo exactamente como estaba; añadí algunas soldaduras porque es lo que mejor me sale, y a mí me gusta el trabajo bien hecho.
-Una señora pregunta por usted -dije-. ¿No tenía que ir al piso de arriba?
-¿Es el cuarto aquí?
-El tercero -dije.
-Entonces me equivoqué -concluyó-. Voy a ver esa señora. La empresa le enviará la cuenta. Pero no lamente nada... Siempre hay trabajo para un plomero en el baño.



Calificación: muy bueno. Aunque un par de cuentos donde cada párrafo estaba hecho de absurdo y metafísica no me gustaron tanto.

jueves, diciembre 17, 2009

sábado, diciembre 12, 2009

Juan Diego Incardona. El campito



Ricardo Piglia, Respiración artificial (1980)

Para evitar el costumbrismo y el estilo oral que hacían estragos en las letras nacionales yo (como quien dice) me había ido a la mierda
.

César Aira, en adn Cultura (2009)
Creo que la narrativa, en la Argentina por lo menos, ha caído en un realismo un poco chato, casi costumbrista, costumbrista tecno, pero costumbrista al fin. Hay una chatura tal (y me sucede con muchos jóvenes que se reclaman de mi influencia, de mí como modelo) que, cuando leo lo que escriben, me sorprendo.


Hasta donde llegué (pág 90) hay un relator que hace de introductor a otro, que cuenta historias fantásticas. El libro es entonces una transcripción de lo que dice el segundo relator -Carlitos el ciruja-, cuyas capacidades literarias lo acercan a un padre cualquiera improvisando un cuentito para que sus hijos se duerman. Quizás así lo quiso Juan Diego Incardona, replicar el lenguaje pobrísimo que usan los padres o los alumnos de la secundaria obligados a escribir dos páginas en la clase de literatura.
Copio dos párrafos.

Por instinto me senté, abrazándome fuerte contra un palo del costado. Entonces la cosa se desbalanceó. El enano gritaba, pero yo no entendía nada de lo que decía. Me paré como pude, y de los nervios caminé rápido, casi corriendo. El puente se zarandeaba para todos lados, y en un momento, ¡plaff!, patiné.


-¿Para dónde habrá ido?- preguntó Gorja.
-No estoy seguro, pero encontrarlo no va a ser muy difícil.
-Vayamos hacia el centro del barrio, tenemos que cumplir la misión.
-Es una misión suicida -comentó Ramón.
-¿Venís con nosotros? -le preguntamos.
-Bueno, vamos.


En cuanto al tema, una mitología inventada que hace uso de los nombres propios que se encuentran leyendo un mapa del primer y segundo cordón suburbano, más recuerdos de la infancia (el Pulqui por ejemplo), con veladas alusiones a Marechal y Arlt, usando las frases hechas que inventó la política y casi nadie ignora (aunque no reconozcan su sentido original), el tema decía, no tiene interés. No parece responder a un plan más vasto, sino ser solo una historia que corre hacia adelante, armándose sobre la marcha. Pero -me excuso- no pude pasar del primer tercio porque la prosa de y para pibes era desesperante.

martes, diciembre 08, 2009

Raymond Carver. Short cuts

Lindos cuentos. De gente común pero no tanto o al menos en circunstancias fuera de lo común.

lunes, diciembre 07, 2009

El médico


Lo de Zelda, pese a las apariencias, no era falta de cuidado, sino una histeria que solo resuelve el médico con morfina.


Francis Scott Fitzgerald, de su correspondencia.

sábado, diciembre 05, 2009

Doris Lessing. La buena terrorista

Demoledor.
Brillante.
Corrosiva descripción de la juventud revolucionaria de Londres en los años de Tatcher.

De la contratapa,
Alice, una mujer sensata y realista, se ocupa desde hace tiempo de Jasper, un homosexual con quien comparte un radicalismo de izquierda un tanto difuso y a menudo contradictorio. Ambos recalan en una casa en ruinas junto con un grupo de jóvenes deseosos por colaborar con el IRA. Alice lucha en la calle, pinta consignas en las paredes, participa en piquetes huelguistas, pero al mismo tiempo se entrega con fervor al cuidado de las cuatro paredes maltrechas donde vive para convertirlas en un lugar habitable. Es así, con fina ironía y un peculiar sentido del humor, como Doris Lessing muestra los resortes inesperados de una mente en apariencia dogmática y maniqueísta.

Calificación: excelente.

Lessing escribió esta novela con bastante años encima. Eso la debe haber ayudado a lograr un libro extraordinario. Una obra de una señora madura, que ha vivido. Porque la relación de Alice con sus padres no tiene pares en la literatura del siglo veinte. La despedida final es la escena por excelencia: la pequeña habitación, las escaleras, el sillón, el whisky. Alice y su madre. Toda la crueldad de la que son capaces los hijos ha sido puesta en juego, y de la madre quedan solo despojos. Y aun sobre esos despojos pretende la hija ejercer su tiranía.