sábado, noviembre 28, 2009

Enrique Wernicke. El agua

La historia es la de Don Julio Blake, viudo, jubilado, medio inglés, que trabajó siempre en el ferrocarril argentino. Vive con su hijo y su nuera y sus nietas pero un día de diciembre -está solo- una tormenta hace lo que nunca, sube el agua del río e inunda su casa. La pasa mal, después el agua baja y trata de acomodar el desastre.
Don Julio es seco como se supone que debe serlo un inglés, y no le gustan sus vecinos italianos, su nuera judía y menos la bobe, los amigos peronistas de su hijo, y en general cualquier persona que le dirija la palabra. En medio del desastre lo importunan apenas sus prójimos pero él piensa que infinitamente. Y después todos festejan la navidad en la casa sucia, al modo de la navidad de las revistas: sidra, árbol, regalos, pan dulce, turrones; son todas desgracias que mancillan su hogar. En enero se marcha a vivir solo, a dialogar con los recuerdos de su mujer (como hacen todos los viejos). Y muere una noche cualquiera sin aviso.
La historia es tan simple y sosa como parece.
El estilo es naturalismo matizado de literatura dudosa. Copio un párrafo representativo:

Don Julio, como ya anticipamos, había pasado una jornada apacible. Instalado cerca de un pequeño ventilador, leyó largas horas. Al caer el sol, pese a las nubes tormentosas, regó las hortensias, según hemos dicho. Pero es que las plantas parecían gallinas agobiadas en la siesta, las hojas caídas y las flores achicharradas.
Temprano, apenas noche, comió unos cuantos trozos de carne fría que le había dejado Bertita y tres hermosos tomates que él mismo se había reservado de las diez plantas que tenía en el fondo.


Calificación: malo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario