lunes, noviembre 30, 2009

Juan Gabriel Vásquez. Los informantes


Es una historia particular dentro de un episodio, menor para la segunda guerra mundial y triste para Colombia. La reclusión de los colaboradores del III Reich, según lo indicado por la embajada norteamericana, y el despojo de los bienes de esos supuestos colaboradores. La historia particular es la del padre del escritor, que se va revelando a medida que intervienen los protagonistas o los documentos que dejaron. Contemos que su papel fue deshonroso, así que también la novela trata sobre los males o beneficios del olvido. Todos los protagonistas son descendientes de alemanes, algunos judíos, otros no y otros desinteresados.
Una buena historia, muy bien escrita. Vásquez escribe con fluidez en castellano de buena casta.
Pongo este párrafo porque me gustó, aunque no sea representativo del todo; en general omite la pompa y relata con simpleza.

Una de las primeras reseñas del libro lo acusaba, o me acusaba a mí, de una mezcla deplorable de narcisismo y exhibicionismo, y, a pesar del poco respeto que le tenía al reseñista, a pesar de su prosa de subteniente, su evidente carencia de lecturas y sus razonamientos de cabeza rapada, a pesar de que en cada una de sus frases revelara falta de oído, de gramática y de estrategia, a pesar de que hubiera utilizado el espacio de su comentario para poner en escena sus complejos de inferioridad (pero decir complejos era un halago) y sus fracasos literarios (pero decir literarios era una hipérbole), a pesar de que sus reproches eran poco más que opiniones de barra y sus elogios poco menos que opiniones de coctel, en los días que siguieron no pude sacarme sus acusaciones de la cabeza.

Calificación: muy bueno.

sábado, noviembre 28, 2009

Enrique Wernicke. El agua

La historia es la de Don Julio Blake, viudo, jubilado, medio inglés, que trabajó siempre en el ferrocarril argentino. Vive con su hijo y su nuera y sus nietas pero un día de diciembre -está solo- una tormenta hace lo que nunca, sube el agua del río e inunda su casa. La pasa mal, después el agua baja y trata de acomodar el desastre.
Don Julio es seco como se supone que debe serlo un inglés, y no le gustan sus vecinos italianos, su nuera judía y menos la bobe, los amigos peronistas de su hijo, y en general cualquier persona que le dirija la palabra. En medio del desastre lo importunan apenas sus prójimos pero él piensa que infinitamente. Y después todos festejan la navidad en la casa sucia, al modo de la navidad de las revistas: sidra, árbol, regalos, pan dulce, turrones; son todas desgracias que mancillan su hogar. En enero se marcha a vivir solo, a dialogar con los recuerdos de su mujer (como hacen todos los viejos). Y muere una noche cualquiera sin aviso.
La historia es tan simple y sosa como parece.
El estilo es naturalismo matizado de literatura dudosa. Copio un párrafo representativo:

Don Julio, como ya anticipamos, había pasado una jornada apacible. Instalado cerca de un pequeño ventilador, leyó largas horas. Al caer el sol, pese a las nubes tormentosas, regó las hortensias, según hemos dicho. Pero es que las plantas parecían gallinas agobiadas en la siesta, las hojas caídas y las flores achicharradas.
Temprano, apenas noche, comió unos cuantos trozos de carne fría que le había dejado Bertita y tres hermosos tomates que él mismo se había reservado de las diez plantas que tenía en el fondo.


Calificación: malo.

sábado, noviembre 21, 2009

J. G. Ballard. Noches de cocaína


Ballard mantiene el estilo a través de todos sus libros, y escribe por ejemplo:

Un viento racheado cruzaba la terraza y una nube de ceniza blanca se arremolinaba a nuestro alrededor como un fantasma de hueso molido que corría inquieto detrás del aire.


Este libro trata en apariencia de un caso policial pero es solo la puerta de entrada de una persona "normal" a la comunidad de ociosos que eligieron reposar en el clima amigable del sur de España.
Nuestros gobiernos se preparan para un futuro sin empleo, y eso incluye a los delincuentes menores. Nos aguardan sociedades del ocio, como las que se ven en la costa. La gente seguirá trabajando, o mejor dicho, alguna gente seguirá trabajando, pero sólo durante una década. Se retirará al final de los treinta, con cincuenta años de ocio por delante.


Un capítulo -solo uno- está lleno de sexo bien descripto.
─De acuerdo. ─Me miró intrigada por mi tranquilidad.─ Estoy dispuesta a casi todo. ¿Qué quieres que haga?


De a poco el problema policial se esfuma y la novela pasa a ser un ensayo sobre la comunidad y el ocio. ¿Cómo se vive sin trabajar? El pueblo entero no tiene nada que hacer (excepto los sirvientes, pero no aparecen en este libro; sí aparecen los policías pero apenas). Se dedican entonces a la prostitución, al tráfico de drogas, al psicoanálisis, al tenis, al pillaje y el vandalismo, a los fármacos recetados.

En el final se resuelve el caso, pero de una manera absurda. Calificación: regular. Esa sociedad no parece posible, y entonces pierde mucha crédito el relato. Anotemos que el lector vive en el sur del mundo, muy lejos del autor.

sábado, noviembre 14, 2009

Martin Walser. La guerra de Fink

Algunas lecturas (Ibsen, Joseph Roth, Kafka) me han dejado la impresión que existe una relación única entre los alemanes y las leyes escritas. Una relación intensa y despiadada. Este libro de Martin Walser repite esos viejos problemas: el funcionario, el escalafón, las reglas, los expedientes. Supongo que para las mentes germánicas ha de ser un tema importante.

La trama es sencilla: el funcionario Fink sufre un desmérito en su carrera (cuando cambia el partido gobernante) y comienza una guerra de memos, apelaciones, amparos, reclamos, cartas de lectores, una guerrilla infinita contra la burocracia. Esa lucha kafkiana lo transforma en un indeseable, lo agota y lo envejece. Pobre Fink. De a poco se confunde con su destino: un pleito que no puede ganar.

Calificación: regular. Porque son demasiadas páginas y Fink que recorre un círculo o una espiral desesperante sin salida.
Las miserias de la burocracia y la decadencia de Fink están bien contadas, pero también son aburridas.

domingo, noviembre 08, 2009

Tres rosas amarillas. Raymond Carver

Son cinco cuentos sobre hombres divorciados, vueltos a casar, en adulterio, o en plena destrucción matrimonial. Y otro cuento que relata la muerte de Chéjov.
Los tres primeros no me gustaron. Son sobre un día en las desgraciadas vidas de personas mediocres.

El cuarto cuento trata sobre un trabajador que mantiene a su madre, y ayuda a su hija que con dos niños vive con un vago, a su hijo que desde la universidad amenaza con suicidarse si no le paga el viaje a Europa para escapar del mercantilismo americano (de paso, el préstamo que pagó la universidad también lo cancela el padre), paga la pensión de su ex esposa porque sabe que en seguida le caen los abogados si no lo hace; y de repente el hermano le pide un par de miles. Pobre hombre, es duro ser honesto y generoso. Me gustó; y como se ve, tiene algo más que una vida absolutamente vulgar. Quiero decir, el autor puso unas circunstancias que ameritan ser relatadas.

El quinto cuento es Caballos en la niebla. A un hombre lo abandona su esposa después de muchos años, en una noche de niebla. El abandono es inesperado y quizás inexplicable, la niebla es muy extraña y de la niebla aparecen unos caballos irreales. Excelente.

El último relato cuenta la muerte de Chéjov, no le encontré mucho atractivo.


Sobre Caballos en la niebla, resulta que Angélica Gorodischer publicó en 1983 un cuento maravilloso de tres páginas llamado La resurrección de la carne; y el suceso es el mismo: el esposo no escucha a la mujer, la mujer se marcha. Aunque la circunstancias de la huida son distintas (¿son distintas?): para Carver la mujer se va cuando aparecen los caballos desde la niebla, para Gorodischer se marcha con los cuatro jinetes del apocalipsis.
Entonces, en la misma época, en lugares distantes, distintas plumas escriben dos cuentos maravillosos contando lo mismo; ¿no es un caso claro de inspiración celestial? La musa soplando argumentos a quien pudiera oír, y él allá, ella acá, oyeron.