sábado, septiembre 26, 2009

Los escritores

Sus aspiraciones literarias eran una política y, de un modo más decisivo, una táctica militar, empeñados como estaban en derrumbar los muros del anonimato, una barrera infranqueable a la que apenas unos pocos superaban en condición de privilegiados. Había rutilantes estrellas en el mapa de las letras, tipos que de la noche a la mañana se cubrían de dinero con libros pésimos, amparados por las editoriales, los suplementos, el marketing, premios literarios, películas horribles y las vidrieras de las librerías, que cobraban sus espacios de exhibición. Y todo eso asomaba en la mesa de los bares como un abigarrado campo de batalla que un escritor debía atravesar ya no en la aventura de la escritura, aunque algunos la iniciaban allí, sino apenas concluida. Los editores se quejaban de la ausencia de buenos libros, de "la bosta" publicada por las grandes editoriales, y cada cual tenía un reclamo indignado, una justificación de su fracaso, una ambición desesperada. En Buenos Aires, los libros se había convertido en centro de una alucinada guerra de estrategias, talento de ubicuidad y poder.

Carlos María Domínguez, La casa de papel

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