domingo, junio 29, 2008

Cormac McCarthy. Meridiano de sangre

En el campo, al comentar el estado de los caminos, es común decir "está golpeado". Claro que el camino estará desparejo, lleno de pozos o zanjas, pero nadie lo golpeó hasta dejarlo así. Los golpeados son los transeúntes que por allí les toque pasar, o las carretas, las calesas, los sulkis, los coches, nunca el propio camino. Esa expresión es una hipálage. De la prosa de McCarthy me surge decir, está golpeada. Porque no fluye ni discurre, ni se desliza en paz. Va el lector a los tumbos. Entonces, si el camino no está bueno, importa saber por donde nos lleva. Y Meridiano de sangre (btw, hermoso título) nos pasea por un paisaje feroz, donde el hombre es el lobo del hombre, donde no hay nada que decir y los discursos son decoraciones que algunos (el juez Holden, por ejemplo) le dan a su persona, pero no tienen relación con los sucesos. También en nuestras vidas primero están los hechos, después las justificaciones. Aquí hay solo hechos. Así, tanto vale ganarse el pan domando caballos como matando mexicanos. Que los apaches después de masacrar un poblado decoren con las cabezas de los bebés un arbusto solitario, colgando cada una de ellas por la quijada para que queden las bocas abiertas, no los hace buenos ni malos. Cada cabellera india sigue valiendo lo mismo, y por eso la banda de Glanton recorre el desierto despenando indios: por las monedas que pueda cobrar. Copio un impresionante ataque comanche.

Una legión de horribles, cientos de ellos, medio desnudos o ataviados con trajes áticos o bíblicos o de un vestuario de pesadilla, con pieles de animales y con sedas y trozos de uniforme que aún tenían rastros de la sangre de sus anteriores dueños, capas de dragones asesinados, casacas del cuerpo de caballería con galones y alamares, uno con sombrero de copa y uno con un paraguas y uno más con medias blancas y un velo de novia sucio de sangre y varios con tocados de plumas de grulla o cascos de cuero en verde que lucían cornamentas de toro o de búfalo y uno con una levita puesta del revés y aparte de eso desnudo y uno con una armadura de conquistador español, muy mellados el peto y las hombreras por antiguos golpes de maza o sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos eran ya puro polvo, y muchos con trenzas empalmadas con pelo de otras bestias y arrastrando por el suelo y las orejas y colas de sus caballos adornadas con pedazos de tela de vistosos colores y uno que montaba un caballo con la cabeza totalmente pintada de escarlata y todos los jinetes grotescos y chillones con la cara embadurnada como un grupo de payasos a caballo, cómicos y letales, aullando en una lengua bárbara y lanzándose sobre ellos como una horda venida de un infierno más terrible aún que la tierra de azufre de cristiana creencia, dando alaridos y envueltos en humo como seres vaporosos de las regiones incognoscibles donde el ojo se extravía y el labio vibra y babea. Oh Dios, dijo el sargento.
Sobre el traductor: En el primer párrafo en el medio del pecho nos atesta un par de leísmos, pero es un golpe que se puede superar, aunque cuesta:
La bebida le puede, cita a poetas cuyos nombres se han perdido para siempre. el niño le observa acuclillado junto al fuego.
En la página 111 conjuga mal:
[...] un número que Toadvine vería primero en una casa de baños de Chihuahua y después cuando rajaría el torso de un hombre colgado [...]
En resumen, una gran novela de acción (o de violencia). Además de la sucesión pura, hay quizás una línea conductora, que sería la oposición entre el chaval y el juez, que además son los que cierran el libro, pero el final tiene un tono diluido, un poco gris. Lo que da más fuerza a la moraleja: no hay verdad fuera de la acción. Las explicaciones están hechas de palabras, o sea de aire, y se van en el viento. Acá un comentario más extenso, de Diego Zuñiga, desde Chile.

4 comentarios:

  1. Y "Chiuahua" no se escribe así, sino "Chihuahua". No sé si lo copiaste mal o así venía en tu traducción. Quizá fueron los mismos editores de McCarthy quienes se equivocaron. Pero esta falla es sintomática, a mi juicio, de las prosas de McCarthy. Dubija mal la frontera del lado mexicano, sobre todo en "No es país para los viejos". Y no me refiero a la atmósfera, donde és un maestro, sino a la idelogía y a la manera de presentar el otrolado del río: exotismo puro: salvaje e ingenuo. Pero quizá sea loque en Nueva York les guste.

    Saludos, sigo constantemente tu blog.

    Diego O.

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  2. Gracias Diego. Corregí Chihuahua. Saludos.

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  3. ¿Cormack? ¿No está sobrando una k?

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