lunes, marzo 24, 2008

Robert Silverberg. El hombre en el laberinto

Muchos libros de la época de oro de la sf no han resistido el paso del tiempo. En general, han pecado de ingenuidad, de sencillez; son rústicas novelas de aventuras con jerga mal usada. Pero esta novela -lejos de estar libre de defectos- sí ha resistido airosa, con elegancia, y es de lo más legible.
Richard Muller vive hace nueve años en el centro del laberinto, solo. El laberinto es exactamente eso, de varios kilómetros de extensión, poblado de trampas, y bien aceitado por mecanismos automáticos que sobrevivieron a sus creadores.
Una línea de la novela es cómo la nueva expedición logra sortear las trampas y llegar al centro. Esta trama tiene ingenio pero nada más.
Otra línea es, ¿por qué está solo Muller allí, por qué no quiere salir? El racconto lleva el peso de la novela. Se plantean intrigas y se resuelven. Además queda claro que Muller tiene méritos para ser lo que es, un Minotauro.
Finalmente, Muller sale para cumplir en pocas páginas una nueva misión en nombre de la humanidad, y cumplida, vuelve al laberinto, a vivir solo.

Los viajes hiperespaciales son asumidos sin complejos por el autor, y la parte de ficción científica pasa sin molestar. El asunto de la emanación telepática es un acierto; es una modificación que los aliens le hicieron a Muller, y emite depresión; no hay quien soporte estar cerca suyo.

─Me siento confuso ─dijo Christiansen─. No sé que me pasa.
Su cara estaba roja, súbitamente, y las gotas de sudor brillaban en su frente.
─Creo que me he puesto enfermo. Yo..., esto no tendría que haber sucedido... ─El piloto se derrumbó en una litera de amortiguación y quedó allí, encogido, tembloroso, cubriéndose la cabeza con las manos. Muller, cuya voz todavía sonaba áspera a causa de los largos silencios de su misión, dudó, sintiéndose impotente. Finalmente extendió el brazo para coger al piloto por el brazo y guiarlo hasta la cámara médica. Christiansen se soltó como si lo hubiese tocado un hierro al rojo. El movimiento le hizo perder el equilibrio y cayó en el piso de la cabina. Se puso de rodillas y se escurrió por el suelo, hasta que quedó a la mayor distancia posible de Muller.


Hay un aspecto del relato que podría verse de dos maneras, como resabio de la época en que se escribió, o como un intento de predicción del futuro. Se trata del machismo desenfrenado en que vive los astronautas: las mujeres son instrumentos de placer, y ya. Pero esta presentación, ¿es lo qué pensaba Silverberg que podía pasar? O bien, ¿así vivía -o quería vivir- Silverberg, y lo escribió como quien respira, sin pensar? No lo sé. No queda claro.

Título original: The man in the maze. 1969

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