miércoles, marzo 05, 2008

Alberto Olmos. A bordo del naufragio

Desistes, piensas: no hay luz, te desplomas sobre la cama. Estás incómodo, muy incómodo. Te duele la cabeza. La sientes llena de agua.

En los años 70 se escribían libros en esta modalidad, donde el relator le habla al protagonista. La sensación que daban, y da este libro, es la de un insoportable relator que sabe todo, y que asistimos a una larga lección, a un largo sermón.

Se trata de un día en la infeliz mente de un joven dominado por el miedo, que de niño le ha tomado miedo a todo porque es un cobarde innato o de tanto tener miedo se ha hecho cobarde, que más da. Es todo muy triste. Dice el autor que a los veinte años también se puede ser gris y estar derrotado para siempre.

En la página 82 el relato sale de la mente del protagonista y describe la vida en el pueblo; resulta bastante entretenido, lo suficiente como para pensar, ¿por qué no escribirá otra cosa? En la 116 repite el pase de magia con un par de chicas, hace una pintura naturalista con mucha gracia.

La prosa tiene ritmo, el relato marcha sobre rieles. El problema es el protagonista, que a los veinte ya no merece vivir más. Me pareció exagerado, fuera de lo posible.

La no vida del protagonista solo puede llevar a un final kafkiano, sin salida, pero el autor opta por cerrar con dos páginas de acción, que no tienen nada que hacer en este libro; son intempestivas y extemporáneas.

En las principales editariales hispanas, el predominio corresponde a figuritas repetidas, a innumerables novelas iguales, de protagonistas modelos; en ese ambiente, este libro es una bocanada de aire fresco.

Alberto Olmos fue finalista con esta novela del Premio Herralde el mismo año que lo ganó Roberto Bolaño con Los detectives salvajes. Dos obras que no pueden ser más distintas.

Acá gustó.
Larga entrevista al autor.

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