sábado, noviembre 17, 2007

Gabriel Bañez. Los chicos desaparecen


Novela corta, en cortos capítulos, y con el foco muy bien llevado: centrado con maestría en Macías Möll, paralítico hace mucho -o desde siempre-, que vive en una ciudad con leves pendientes, y atiende su negocio de relojero a la vera de una plaza armada en una loma, provista de inclinaciones, rampas, y senderos pavimentados.

Oficio destinado a la extinción, el de relojero, desde que no se arman esas máquinas de muelles y ruedas, que se confundieron una vez con la cumbre de la civilización. Ha de haber muchos relojeros en la literatura del pasado, pero recuerdo al del mejor Bioy, al relojero de Dormir al sol. Y porque se parece al de Báñez. Comparten la vida recatada, el paisaje barrial, y algun rasgo fundamental: la sencillez que genera la honestidad, la integridad, la simpleza; la aversión a la farsa y al discurso.

A las seis en punto todos los días -con la precisión de un relojero- Macías va a la plaza y toma el tiempo que le lleva bajar, a toda velocidad. Cantidad de chicos festejan esa carrera y Macías baja tanto para ellos como para si. Un día, un chico desaparece. La última vez que lo vieron fue festejando, o sea, Macías fue el último adulto en estar cerca. Y así, por cuestiones en principio policiales, irrumpen en la vida regular del relojero otros personajes, imperfectos, impuntuales, imprecisos, tejedores de palabreríos.
Es uno de los temas, el diálogo imposible del relojero que se ciñe a los hechos,
y la sociedad que vive montada en discursos, en supuestos, donde la representación tiene el valor de la verdad. Macías contrasta con policías, políticos, médicos, curas, delegados vecinales.

[...] Luego pidió dos pocillos con café por el intercomunicador y continuó:
──Tenga la absoluta certeza que hombres como usted son los que están haciendo la historia cotidiana del país. Nosotros, los funcionarios, somos humildes servidores e intérpretes──. Macías creía ya haber escuchado esas palabras, pero intentaba mostrarse interesado──, y en realidad nuestra misión en los cargos públicos es transitoria. Estamos para servir. Por eso ──remarcó emocionado──, lo fundamental es la iniciativa individual. He leído punto por punto la solicitada y suscribo íntegramente lo que allí se dice... Pero créame, vivimos horas difíciles y hay que evitar los rumores. Hay que evitar que el país tome el plano inclinado...
Macías dió un repingo.
──Veo que usted está en un todo de acuerdo── arriesgó mientras lo escrutaba en profundidad.
──Todo es cuestión de tiempo── dijo Macías.


Despertó en una sala blanca, brotada en olores rancios y asépticos. Quiso moverse pero estaba atado de pies y manos. Al fondo había un aparato de rayos. La intermitencia sorda de la exposición de las placas terminó de despertarlo. Había una enfermera a su lado. Ella sonrió y dijo algo de un milagro. Él movió la cabeza y se buscó las piernas: de la cintura para abajo había una manta. Preguntó la hora y la mujer lo amonestó con delicadeza.


──He querido estar contigo ──dijo el arzobispo después de rezar── para reconfortarte y asistirte en mis plegarias.
──Gracias, padre.
──Llámame monseñor, hijo mío, yo soy tu siervo.
Macías se sintió incómodo. La voz aguardentosa del arzobispo lo envaraba.
──Tu causa es justa y es la causa de todos ──prosiguió──, pero en la tierra hay mucha maldad.


Además, y es el otro tema, Macías está seriamente preocupado por bajar cada vez más rápido, y quiere entender la velocidad, que está hecha de tiempo. Todos sabemos que el tiempo es algo que transcurre, pero no nos pregunten más. El relojero lee a Morris Kline (matemáticas), pero claro, solo obtiene preguntas más hermosas, las respuestas Dios sabrá si las hay. Finalmente logra bajar sus tiempos, con el simple expediente de encerar las superficies de contacto.

En cuanto a los niños... desaparecen, eso es todo. En el final, a Macías le ponen un palo en la rueda mientras desciende; ese modesto misterio es resuelto por el comisario. Queda el de los desaparecidos.

Hasta acá la novela, ahora los elogios.
Original. En serio, sin antecedentes.
Prosa exacta, al borde de algo más, del lirismo que deslumbra en Virgen (es otra novela de Gabriel Báñez).
Sátira justa de toda laya de funcionarios (al barrio lo pinta sin caridad, pero sin forzar los defectos). Humor ácido.
Un enigma sobrenatural, cierto coqueteo con la metafísica. Brillantes juegos verbales alrededor de la ecuación espacio tiempo energía.
Y lo mejor: Macías Möll, relojero lisiado, que busca la excelencia de batirse a si mismo, y no pide más. Como en el verso de Carriego, no le hace cargos a la suerte.
Un desencanto pequeño, totalmente personal: prefiero los misterios que se resuelven.


El comisario tomó aire, parecía avergonzado, quebrado:
──El tiempo...
──Sí... ¿qué pasa?
──¿Qué es?

1 comentario:

  1. Yo también, prefiero que los misterios se resuelvan, pero no en esta novela, donde lo más importante es esa imposibilidad.

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