domingo, agosto 05, 2007

Orhan Pamuk, Nieve

No he estado a la altura, lo confieso, que me perdone Pamuk, no dí la talla. Los años, el genotipo, ciertos excesos; si leí Conversación en la Catedral siendo muy joven, no entendí nada, y volví a leerla unos años después, la entendí y me gustó, quiere decir que alguna vez estuve despierto. Porque esta novela no es difícil, estoy seguro de eso, y no pude seguirla. Apenas tiene la dificultad de los nombres poblados de letras K, las circunstancias del país turco, de la religión y la sombra de Atatürk. Reconozco que de Atatürk solo sé lo que dijo Sturgeon en un buen cuento, "[...] alguien que había llegado a una posición de dictador de una nación, abdicaba luego de haber alcanzado su meta." Estas líneas me han seguido décadas, pero los renglones de Pamuk me dejaron apenas pasada la página, o antes. Realmente, no estoy en condiciones.

Pero hay muchas tramas, y cerca del final el autor genera el suspenso con maestría, porque ya sabemos que Ka y la hermosa Ipek no volverán a verse pero estamos atrapados para saber cómo ha pasado eso.

Solo percibió a la verdadera Ípek cuando le quitó la ropa a tirones y la dejó desnuda con torpeza y una brusquedad un poco salvaje. Tenía los pechos enormes, la piel de sus hombros y su cuello era muy suave y olía a algo curioso y extraño.


Es una novela de inimputables. Cuenta cosas terribles, pero no hay manera de sentir algo más que compasión y aburrimiento. La civilización ha generado monstruos, pero cada componente del género humano es inocente, dice Pamuk; parece que la maldad no existe, que no hay buenos y malos, ni ética ni moral, ni santos ni héroes, nada de nada. Entonces, ¿cómo conmover al lector con una novela que cubre de asepsia todos los actos de la humanidad?

Este párrafo creo que está puesto para dejar claro que en Turquía las cosas son complicadas, casi nada de la novela tiene tantas dificultades, pero alcanza para explicar las muchas cuestiones donde yo no sabía de que hablaban:
-¿Y quiénes somos "nosotros", señor mío?- le preguntaron desde atrás-. ¿Los turcos, los kurdos, los locales, los terekeme, los azeríes, los circasianos, los turcomanos, los de Kars? ¿Quiénes?


En resumen, muy fría. En las antípodas de lo que quiero yo de la literatura, la emoción.

Séame permitido un asunto personal. Ni loco ni mamado voy a Turquía; ellos allá, yo acá o en otros lados, pero a Estambul ni en bergantín pienso acercarme. De veras lo digo, hay miedos que nos pueden seguir desde niños; y ver a Hamidou -el jefe de la prisión- dejando el garrote, sacarse el cinturón, y abrirse la bragueta, es una experiencia no apta para menores de 35.

Paul L. Smith

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