miércoles, julio 19, 2006

Mario Mactas. El amante de la psicoanalista

La historia es así: encandilado por Monólogos rabiosos, fue ver esta novela y comprarla ipso pucho. Corría el año 2000.
Pero me decepcionó. Y hasta lo escribí en algún foro con la desaprensión que da la impunidad. “rejunte de escritos a vuelapluma, sin la integración de tema o forma que se recomienda para las novelas”; algo así, pedante e infundado.

Dos años pasaron; relectura parcial para distraerme un rato (repaso de las partes eróticas que creía recordar; no eran tales); noto en mí cierto interés por la trama.

Otro año: relectura; es breve y en dos horas se despacha. Descubro que todos los personajes están delineados con plumín de artista. Que la vasta algarabía de líneas que dibuja la mano de Mario Mactas forma el centro de la novela: un impiadoso retrato de la vida porteña.
Creo ahora que es una fascinante novela corta, profunda y vital.

Se trata del callejón sin salida donde consume El Mosca -alcohólico y adicto a las mujeres, sin remedio- lo que le resta de vida, esperando muerto de miedo la implosión de su cuerpo, porque no puede hacerlo de otra manera. No puede salir. Está arrinconado entre su alienación y la de todos los demás. Incluyendo a la psicoanalista.

Desfilan entonces mujeres y alcohol; el retrato de su exmujer está pintado con la crueldad de un entomólogo. En cuanto a la ciencia del psicoanálisis... también. Y el ginecólogo Heiss... repugnante hasta dar miedo.

Si no la quieren comprar pero la pueden hojear, no dejen pasar la solapa y la contratapa. Deliciosas.

Creo que no me gustó su primer lectura porque al final la psicoanalista enloquece, y no me gusta la locura como recurso para generar acción. Es como meter a los sueños en la trama, injustificable. Pero bueno, es historia pasada, ahora la tengo siempre a mano en la mesa de luz.

Aquí escribe el autor sobre su novela; recomendable texto.

3 comentarios:

  1. Es increible como cambia lo externo, cada vez que nos volvemos a posar sobre ello habiendo dejado pasar un tiempo.
    Un beso.

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  2. Qué cosa la relectura. Nadie baja dos veces al mismo río, ¿eh?

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  3. Tanto cambio es sintoma de superficilaidad. He de leer la nove para poner sobre ella mi propia superficialidad.

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